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miércoles, 24 de octubre de 2012

El Duque de Alba: la leyenda crece

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La guerra contra Francia y la batalla de Mülhberg

Retrato ecuestre de Carlos V
Fernando Álvarez de Toledo se estaba convirtiendo, poco a poco, en uno de los adalides de los aguerridos Tercios y en hombre de confianza del Emperador Carlos V. Pero su carrera sólo había hecho que comenzar. Francia jamás había renunciado a sus pretensiones italianas ni a sus intereses sobre los territorios hispánicos del lado franco de los Pirineos.



Desde 1535 las escaramuzas contra los franceses se venían sucediendo con mayor frecuencia hasta tal punto que la situación era ya insostenible. A punto de estallar la guerra, Alba se opuso a comenzar la campaña sitiando la ciudad de Marsella. Este puerto estaba muy bien defendido y un asedio prolongado habría dado muy pocos beneficios y hubiera permitido reorganizarse a un ejército francés debilitado por los conflictos bélicos anteriores. Fernando recomendó encarecidamente atacar Lyon, pero sus estrategias fueron desoídas; el tiempo acabó dándole la razón. Las tropas imperiales sitiaron Marsella pero su situación era precaria y los soldados estaban sometidos a un hostigamiento constante por los defensores. La retirada se presentó como la única opción viable.


El Duque de Alba estableció una zona de desembarco segura para que Andrea Doria descargase los suministros que las tropas necesitaban. Bien pertrechadas, las tropas del Emperador se retiraron garantizando Alba una buena cobertura. En los combates cayó su amigo, y clásico de la literatura española, Garcilaso de la Vega. Alba pasó todo el año de 1537 en España mientras se negociaba una tregua con Francia. En julio de ese año pereció su padre. Y en 1538 formó parte del séquito imperial que firmó el tratado de paz con los franceses en la ciudad de Niza.


Con una Europa temporalmente pacificada, el Emperador Carlos V tuvo libertad de acción para sumergirse en nuevas empresas. Ese mismo año convocó Cortes en Toledo con la intención de obtener fondos para preparar una nueva expedición a la ciudad de Argel. Las Cortes denegaron la petición imperial y Carlos V hubo de acatar esta decisión ante una inesperada sublevación en su ciudad natal: Gante. Los insurrectos protestaban contra las altas tasas imperiales y sembraron el caos en las calles. Alba participó en la represión y el conflicto quedó apaciguado rápidamente. Los rebeldes pidieron ayuda a Francisco I. Pero éste, se la negó debido al reciente tratado de Paz; además permitió el libre paso de los ejércitos españoles y agasajó a Carlos V con grandes festejos. Sin la ayuda extranjera los insurrectos fueron fácilmente controlados y reducidos por la fuerza.


En 1541 se planificó una nueva expedición contra Argel. Fernando Álvarez de Toledo estaba en Cartagena preparando a sus tropas para un desembarco. Pero debido al pésimo tiempo muchos buques se hundieron o se encallaron imposibilitando la operación. Tras estos inconvenientes, la campaña se postergó ante un nuevo conflicto con los franceses. El ataque de Francisco I contra los territorios navarros y del Rosellón era inminente y el Emperador encomendó a Alba la defensa.


Éste optó por una táctica de disuasión. Fortificó la frontera Navarra y la plaza de Perpiñán. El grueso de su ejército de campo lo situó en Gerona para un contraataque en caso de una hipotética ofensiva francesa. Además se ganó el apoyo de la población local. Como solía tener por costumbre, el Duque de Alba hizo acampar a sus huestes fuera de pueblos y núcleos habitados minimizando así el impacto sobre la población civil. También hizo que la mayor parte de vituallas se comprasen a la población local. Aunque parezca mentira y muchos se empeñen en pensar lo contrario, las tropas castellanas seguían esta directriz a rajatabla salvo en casos excepcionales.


La población local agradecía el gesto suplicando que el Duque se alojase en sus villas (algo a lo que siempre renunció) y abasteciendo de víveres a los soldados.  Francisco I no cayó en la trampa y siendo consciente de la solidez y brillante disposición de la línea defensiva española no se atrevió a emprender una acción que le hubiese ocasionado duras pérdidas que no estaba dispuesto a asumir.  El ejército francés se retiró.


En 1543 el Emperador parte hacia los Países Bajos dejando a su hijo Felipe como regente y a Alba como Capitán General de todos los ejércitos de la Península. Ese mismo año preparó la boda del Príncipe con María de Portugal. En 1544 firmó la paz de Créspy que terminaba con los últimos conflictos entre españoles y franceses. Una de las condiciones era la boda entre María, hija de Carlos V, y el Duque de Orleáns. La dote de María sería el Milanesado o los Países Bajos. Alba recomendó encarecidamente ceder Flandes pero el Emperador no estaba dispuesto a renunciar a su territorio natal y se inclinó por Milán.


De todas maneras, no se perdió ni uno ni otro porque el Duque de Orleáns murió en septiembre de 1545, antes de que se produjese la cesión por lo que ésta quedó invalidada. En enero de 1546 marchó a Utrecht, donde se le recompensó con un puesto en la Orden del Toisón de Oro; en abril estaba en Ratisbona, lugar elegido por el Emperador Carlos V para acabar con la Liga de Esmalkalda. Mientras esperaban el grueso de las huestes imperiales, Carlos y Alba se refugiaron en la plaza de Landshut, al sur. Las tropas de Carlos V, se fueron congregando poco a poco en Ingolstadt y cuando todos los preparativos estuvieron listos, el ejército partió en busca del enemigo.


Los protestantes evitaron el enfrentamiento campal y se retiraron. Alba optó por no perseguir al enemigo aprovechando para recuperar el control de varias plazas situadas en los márgenes del Danubio. Estos movimientos provocaron la rendición y sumisión de muchos príncipes luteranos pero pese a todo, los principales líderes de la Liga: Juan Federico –Duque de Sajonia- y el Landgrave de Hesse, Federico; continuaron con su oposición. El Duque de Sajonia se batió con éxito hasta que Carlos V y Alba, al frente de las tropas, se dirigieron hacia el Elba y cruzaron el río a la altura de Mülhberg durante la noche del 23 de abril de 1547.


Mülhberg, la consagración del mejor militar de la época



Disuelto el ejército de la Liga de Esmalcalda en noviembre de 1546, sólo quedaba un único foco de resistencia en toda Alemania que Fernando, hermano de Carlos V, y rey de Bohemia y Hungría no lograban controlar. El retorno de Juan Federico y sus tropas no hizo más que agravar esta situación. Al final el Emperador no tuvo más remedio que intervenir enviando al marqués Alberto de Brandemburgo  al frente de un ejército alemán compuesto de 4500 infantes y 1800 caballos.

El marqués recibió el refuerzo de 2000 caballeros, proporcionados por Fernando y 1500 más aportados por Mauricio de Sajonia. El objetivo teórico era sitiar a las fuerzas protestantes e impedir su libre movimiento destacando las tropas en Dresde, Freiberg, Zuibeck  y Leipzig. En principio la situación se sostuvo y ninguno de los bandos dio ningún paso por el momento. Las huestes imperiales se mostraron poco resolutivas y el propio Emperador decidió poner rumbo a Ulm con el grueso de sus fuerzas. Juan Federico, probablemente al tanto de estas noticias, fue el primero en golpear.
  
Acudió con gran parte de sus fuerzas a provocar al marqués de Brandemburgo, mientras que enviaba el resto de sus tropas a la región de Bohemia. Alberto cayó en la trampa y prefirió dar una batalla en vez de defender la plaza. Su caballería fue desbaratada y el marqués tomado como prisionero. Las cosas no iban bien para las fuerzas imperiales. 

Carlos V tenía bajo su mando a los Tercios de Nápoles, Hungría y Lombardía tres regimientos de infantería alemana, dos Tercios Viejos comandados por Mariñano y Madrucho y uno bisoño al mando del caballero Hanzbalter. También contaba con 2000 caballos y varias compañías de arcabuceros. Con estas fuerzas partió Carlos a someter a Juan Federico adelantándose el Duque de Alba para preparar la arribada del Emperador a Nuremberg.

El duque de Sajonia tenía su campo en Maizen y contaba con 6000 infantes, 3000 caballos y 21 cañones. Las tropas imperiales no le dieron tregua y marcharon en su persecución para obligarle a pasar estrecheces de suministros y evitar que tuviese tiempo de convencer de su causa a más alemanes. Las fuerzas protestantes fueron sometidas a un duro acoso durante su retirada. Juan Federico intentaba huir hacia Wittenberg siguiendo la orilla del Elba desde Maizen. El elector de Sajonia había ordenado quemar todos los puentes de la zona que cruzaban el río. Carlos V envió destacamentos de reconocimiento y finalmente obtuvieron noticias de que Juan Federico se alojaba en la villa de Mulhberg y que además, según la población local, allí había un vado que, no sin peligro, permitía cruzar el Elba.

El Emperador dio orden de cruzar al grueso de su ejército y de dar batalla a los luteranos impidiendo otra retirada. La operación tenía muchos riesgos ya que las tropas enemigas, bien parapetadas al otro lado, podían defender eficazmente la orilla opuesta. Aún así, la orden se acató y las tropas partieron tras la artillería y la caballería dispuestas a cruzar el vado y presentar batalla en Mulhberg. Las tropas imperiales se colocaron en un punto apto para pasar el río en el que además estaban cubiertos por bosque que impedía que el enemigo los divisase.
El cruce del Elba y la batalla de Mülhberg

El duque de Alba envió a decenas de exploradores a obtener información de la población local para saber con exactitud dónde estaba el vado. Además envió a 100 arcabuceros españoles y 400 caballos húngaros a reconocer la villa de Torgau pues dicho pueblo tenía un puente que permitía cruzar el río. Sin embargo, los exploradores encontraron gente dispuesta a colaborar en venganza a las injusticias que cometían contra ellos las tropas del elector de Sajonia. En concreto, un villano informó de donde se hallaba el vado y se ofreció a cruzarlo con las tropas a modo de guía. También se obtuvo confirmación de que Juan Federico se hallaba efectivamente en Mulhberg.

Los protestantes tenían sus barcas pegadas a su orilla preparadas para usarse ante cualquier vicisitud. La orilla enemiga tenía una buena pendiente y además los arcabuceros enemigos contaban con un muro que les proporcionaba cobertura.
Tras reconocer la zona y sufrir algunas salvas de la artillería rebelde. El duque de Alba partió a informar al emperador.

Carlos V avanzó al frente de varios cañones escoltados por unos 1000 arcabuceros españoles hacia los bosques. Allí se dispusieron los cañones y las tropas. Quedando el grueso del ejército en su posición original. Las tropas de avanzada iniciaron una escaramuza contra las tropas que defendían las barcas protestantes. Los arcabuceros españoles sembraron el terror entre el enemigo metiéndose en el río y disparando sus armas contra los protestantes. Álvaro de Sande llegó al frente de otros 1000 tiradores españoles para reforzar la escaramuza de distracción manteniendo a raya a los defensores durante todo el día con tanto pánico que no osaban asomar la cabeza por encima de las protecciones.

En Torgau también se dieron combates entre los exploradores y Juan Federico vio enseguida el riesgo de quedar atrapado en medio si las tropas del Emperador eran capaces de cruzar el Elba por el puente de la villa. Así que ordenó a su campo retirarse siguiendo la orilla con la intención de ganar tiempo para que las levas de Pomerania y Sajonia se completasen y así poder enfrentarse de igual a igual contra las tropas de Carlos V.

Ante la retirada del enemigo se hacía prioritario cruzar el río sea como fuere. Y en esto demostraron de nuevo su audacia los soldados españoles de los tercios. Según las crónicas un español se desnudó y se lanzó al río con la espada entre los dientes y por lo que parece a éste le siguieron dos o tres más y luego otra decena. Cruzaron el Elba con el agua al cuello soportando el fuego enemigo y una vez en la otra orilla pasaron a cuchillo a los defensores que custodiaban las barcas –pocos, pues la mayoría se unieron a la retirada general-. Con la zona asegurada, tomaron las barcas y las llevaron hacia la orilla imperial cruzando de nuevo el Elba.

Gracias a las barcazas y al vado cruzó la caballería imperial húngara y napolitana. Tres intentos hicieron falta para poder llegar a la orilla pues los defensores bien parapetados dificultaron mucho la empresa, pero finalmente al tercer intento la caballería ligera llegó al otro lado y se lanzó a hostigar la retaguardia enemiga en retirada. La caballería protestante se revolvió para hacer frente a la amenaza, y siendo más consiguieron repeler a los imperiales. Pese a esta escaramuza la cabeza de puente estaba ya asegurada y mas tropas cruzaban el Elba por el puente de barcas y por el vado.

Con los dos extremos del río tomados, se acercaron a la orilla los carros que transportaban un puente desmontado y se instaló para aligerar el paso del ejército. La primera en pasar fue la infantería española de los Tercios a la que debían seguir los lansquenetes alemanes y 500 caballos. El Duque de Alba ordenó que toda la caballería ligera cruzara por el vado llevando a un arcabucero en la grupa que serían seguidos por los caballos pesados napolitanos y la caballería del conde Mauricio de Sajonia. Con éstos últimos cruzó Carlos V.

El imperio de Carlos V
Con una fuerza poderosa Alba dio el golpe que estaba preparando. Mandó bajar a los arcabuceros y avanzar con la infantería mientras daba la orden general a toda la caballería de cargar contra la retaguardia enemiga que se retiraba. Los exploradores se aseguraron de que no había tropas enemigas emboscadas y la caballería imperial se lanzó a la carga encabezada por el Duque de Alba y el Emperador.

Juan Federico vio el peligro que representaba la carga de caballería imperial para su ejército. Aquello podía acabar en una desbandada así que dio la orden a sus 3000 caballos de que rompiesen la vanguardia de Alba, mientras daba la orden de atrincherarse en un bosque cercano a parte de la infantería para cubrir la retirada. La caballería imperial no se amilanó. Los húngaros apoyados por herreruelos de Mauricio de Sajonia avanzaron por la derecha desbaratando a una formación de arcabuceros enemigos. Fue entonces cuando el Duque de Alba ordenó tocar las trompetas y se lanzó al ataque encabezando a la caballería imperial arropado por los hombres de armas napolitanos. El choque fue tan virulento que la caballería enemiga quedó rota y tal fue el impulso que las tropas de Alba se llevaron por delante a un escuadrón entero de infantería de segunda línea.

La vanguardia de Alba se lanzó en persecución del grueso de la caballería enemiga mientras los húngaros y las formaciones dirigidas por Carlos V aniquilaban a la infantería protestante. Todo el campo de Juan Federico se retiraba de manera desordenada. Muchos intentaron retirarse por el puente de Torgau pero se encontraron con una formación de arcabuceros españoles que los recibieron con una terrible descarga de fuego dejando a muchos muertos. Tomados por dos lados el ejército de Juan Federico fue desorganizado entre una gran matanza. El propio elector fue tomado prisionero junto a todos los líderes protestantes que fueron encerrados en el castillo de Hesse escoltados por unos 1000 infantes españoles.

23:59Las tropas protestantes fueron aniquiladas literalmente. 8000 bajas entre muertos, heridos y prisioneros. Del lado imperial no murieron más de 50 hombres. Tal fue el calibre de la victoria de Mulhberg. El plan de Alba había funcionado a la perfección y se consolidaba ya como uno de los grandes militares de su época. Próximamente el siguiente post de Alba y los últimos hechos de su vida

viernes, 6 de enero de 2012

Dos grandes victorias para un gran capitán.

En el post anterior se narraron las andanzas de Fernando de Córdoba durante la segunda guerra de Italia. Dejé estar la historia anunciando un golpe de mano de nuestro protagonista en el que se hizo con 1000 caballos franceses. También recibió refuerzos españoles y alemanes en éste momento por lo que el Gran Capitán se halló presto para recuperar la iniciativa. Su ofensiva fue fulgurante librando de franceses la Calabria y Nápoles en un mes gracias a dos contundentes victorias: Una en Seminara (Andrade) y otra en Ceriñola (Fernando de Córdoba). Retomado el hilo os dejo con el post que cierra la segunda guerra de Italia.

Ceriñola

Los 3000 infantes venidos de España al mando de Andrade vencieron a los franceses en Seminara. El Emperador Maximiliano envío a 2000 alemanes que se unieron directamente a la hueste de Fernando de Córdoba. Éste partió de Barletta el 27 de abril al mando de 6000 soldados con el objetivo de redondear la victoria de Andrade doblegando al Duque de Nemours. El 28 de abril llegó a Ceriñola y puso a trabajar a sus soldados para preparar el terreno y una buena bienvenida a los franceses.

Ceriñola se erigía en lo alto de un promontorio. Un barranco cercano hacía de foso natural. Los españoles colocaron allí estacas para frenar a la caballería pesada francesa y prepararon el terreno para que el suelo se hundiese con el peso de una persona. El foso se aumentó resiguiendo el perfil de la loma quedando, la plaza,  rodeada casi en su totalidad. El flanco izquierdo era el único punto débil y Fernando de Córdoba ordenó levantar un parapeto en el que ubicó la artillería.

Con los preparativos acabados los jinetes de retaguardia, capitaneados por Fabrizio Colonna, informaron de la llegada del ejército francés. El Gran Capitán desplegó su ejército y habló a las tropas. Éstas profesaban una lealtad ciega a su capitán. Se dice que en la dura marcha hacia Ceriñola, Fernando de Córdoba cedió su caballo a un soldado extenuado. Hechos como éste hacían que los hombres bajo su mando hicieran sin vacilar cualquier cosa que su líder les pidiese.

Las fuerzas españolas formaron en tres grupos. A la derecha una escuadra de curtidos infantes españoles al mando de Zamudio, Pizarro y Villalba. El centro estaba integrado por los alemanes y a la izquierda otra formación de infantería española al mando de Pedro Navarro. Protegió los flancos creando dos grupos de caballería ligera liderados por Próspero Colonna y Diego de Mendoza. Los jinetes ligeros de Fabrizio Colonna y 70 hombres de armas de Pedro de Paz se desplegaron fuera del campamento.

El duque de Nemours, viendo las defensas y el cansancio de sus tropas, aconsejó descansar y combatir al día siguiente. Pero algunos de sus capitanes no estuvieron de acuerdo y éstos influyeron, negativamente, en el duque que ordenó, finalmente, combatir de inmediato. La caballería pesada desplegó a la derecha y la ligera a la izquierda. Lo hicieron adelantadas dejando el centro para la infantería suiza y gascona que desplegó más retrasada.

La caballería pesada francesa, comandada por Luis de Ars, abrió las hostilidades pero cayó de pleno en la argucia española. La tierra se hundió y la élite francesa quedó ensartada en las estacas. Se detuvo el avance y el fuego español hizo el resto. Con la caballería paralizada, los escopeteros y los cañones de Pedro Navarro masacraron al orgullo bélico francés que se vio obligado a retroceder.

Al anochecer lanzaron un nuevo ataque que finalizó como el anterior. La caballería pesada francesa fue vencida de forma definitiva. El duque no quiso perder el impulso del asalto e intentó flanquear la posición hispánica. Fue una maniobra temeraria y dejó expuesta a la caballería ligera al terrible fuego de los escopeteros y espingarderos españoles. Sufrieron graves pérdidas entre ellas la del propio duque de Nemours.

La pérdida de su líder no amilanó a los franceses y Chaudieu se lanzó con todas sus fuerzas al asalto del centro español.  Los alemanes levantaron un muro de picas infranqueable. Aún así los suizos y gascones lanzaron tres asaltos pero estaban sometidos por el flanco a un terrible fuego. Al fin el propio Chaudieu fue muerto. La pérdida de su líder y el tremendo desgaste soportado rompió el centro francés. Los suizos y gascones se retiraron desorganizando a la caballería ligera de la retaguardia.

En este momento, Fernando de Córdoba ordenó ataque general. Todas las fuerzas españolas se lanzaron en persecución. La caballería pesada de Luis de Ars huyó hacia Venosa con graves pérdidas. La caballería ligera de la retaguardia huyo a Gaeta sin haber combatido. El ejército francés quedó desecho por completo. La batalla sólo duró unas horas. Por la noche los capitanes españoles cenaban en la tienda de Nemours las viandas que éste tenía preparadas para su “regreso victorioso”.

Las cifras son ilustrativas. En unas horas los franceses dejaron sobre el campo unos 4000 muertos. Las pérdidas españolas no llegaban a las 100. Se recuperó el cadáver del duque de Nemours y lo llevaron a la Barletta adonde se le ofrecieron exequias y se le enterró con grandes honores en el monasterio de San Francisco. Con esta victoria las plazas se rindieron en masa y se consiguió todo el reino de Nápoles. Pero la guerra estaba aún lejos de acabar. Luis XII no pensaba renunciar a sus intereses en Italia y se jugó el todo por el todo.

Garellano, el derrumbe francés

Ante el desastre de Ceriñola, Luis XII armó tres ejércitos y se dispuso a contraatacar y vencer a la monarquía hispánica, no sólo en Italia sino también en territorio español. Un ejército enorme se puso al mando del marqués de La Tremouille con el objetivo de penetrar en Milán y atacar al Gran Capitán.

Se lanzó una ofensiva directa contra España. Una hueste al mando del mariscal de Rieux invadió el Rosellón y un tercer ejército penetraría en la península por el valle del Roncal a las órdenes del padre del rey de Navarra. Pero esta operación quedó desbaratada muy pronto. La amistad entre la corona de Navarra y los Reyes Católicos dio al traste con el plan de Luis XII, pues el tercer ejército no se movilizó y para más INRI se formaron unidades de aragoneses y navarros para defender las fronteras españolas. La invasión del Rosellón se consolidó pero Rieux fue vencido por las fuerzas combinadas del Duque de Alba y Fernando el Católico.

Aún así el golpe más potente sería en Italia. El Gran Capitán sitiaba Gaeta donde los supervivientes de Ceriñola se habían refugiado a las órdenes de Ivo de Alegre. Luis XII armó una escuadra al mando del marqués de Saluzzo en la que embarcó una fuerza considerable con el objetivo de socorrer Gaeta y romper el cerco español. También destinó ingentes cantidades de dinero para apoyar el avance del impresionante ejército al mando del marqués de Tremouille. Más de 30000 soldados inclusive 8000 suizos, 9000 caballos y 36 cañones (la mayor dotación de artillería hasta la fecha).

Antes de lanzarse sobre Nápoles recibió la orden de marchar a Roma e imponer como nuevo papa al cardenal de Amboise. Alejandro VI había muerto el 18 de agosto. Fernando de Córdoba había previsto esto y mandó 3000 soldados. Cuando llegaron los franceses los hallaron ya acampados en Roma. Finalmente salió elegido el cardenal de Siena, Pío III, que murió en menos de un mes no sin antes investir a Fernando el Católico como rey de Nápoles.
Ante esta nueva argucia Tremouille se dirigió a Nápoles al mando de una potente máquina de guerra confiado en una victoria fácil.  “Daría yo 20000 ducados por hallar al Gran Capitán en el campo de Viterbo”. El embajador español en Venecia, Don Lorenzo Suárez de la Vega respondió lo siguiente: “El duque de Nemours hubiese dado el doble por no haberle encontrado en Ceriñola”.

La enfermedad hizo imposible comprobar quien hubiese ganado esos ducados, pues el marqués cayó enfermo y debió ceder el mando al marqués de Mantua. Un general de renombre pero odiado por las tropas francesas. Éste al verse al frente de aquella impresionante tropa despreció a su enemigo y al reunirse en el futuro con Ivo de Alegre se burló de los supervivientes de Ceriñola: “No sé, como os dejasteis desbaratar en Ceriñola por esa canalla”. Muy caras le saldrían estas palabras en un futuro cercano.

Las fuerzas del Gran Capitán se componían de 9000 soldados y 3000 jinetes. El enemigo contaba con más del triple de efectivos a esto había que añadir el cuerpo expedicionario de Saluzzo que desembarcó en Gaeta con 4000 soldados. Fernando de Córdoba vio que la plaza no caería y que debía revisar su estrategia para hacer frente a lo que se le venía encima. Se retiro a Castiglione donde preparó su estrategia.

Sería en la vecina San Germano, en la ribera del río Garellano, donde el brillante militar español daría una batalla que habría de ser definitiva. Para que esta plaza sirviese a sus planes, los españoles  debían conquistar el castillo y convento de Montecasino.  Para ello, Pedro de Navarro hizo subir montaña arriba varias piezas de artillería, con ellas abrió una brecha en la muralla y los soldados españoles los tomaron al asalto.

Tomados estos punto clave, el Gran Capitán reforzó la guarnición de Roca Seca –plaza fuerte a la derecha de San Germano- con infantería peninsular al mando de Zamudio, Pizarro y Villalba. El río podía cruzarse por dos puntos. Ponte Corvo estaba en San Germano y era fácil de defender desde el campamento principal. El puente de Sessa estaba más alejado y eso obligó a tomar una torre cercana y destacar 500 infantes y 350 jinetes comandados por Pedro de Paz.

Los franceses llegaron al Garellano el 13 de octubre de 1503 y de inmediato se dispusieron a cruzarlo. El marqués de Mantua lo intentó en primera instancia por el extremo derecho de las defensas españolas. Una vez en la otra orilla se dispusieron a tomar Roca Seca. Fernando de Córdoba envío a la infantería, capitaneada por Pedro Navarro, a socorrer la plaza. También se dio la orden a Próspero Colonna que movilizara a sus hombres de armas para apoyar el ataque. Se movieron por caminos de montaña para llegar a destino con premura.

Zamudio, Pizarro y Villalba –defensores de Roca Seca- al frente de la infantería repelieron todos los asaltos. Uno tras otro. Al aparecer los refuerzos los franceses desistieron y se retiraron por el momento. El marqués de Mantua llevó a sus fuerzas a Aquino, entre Ponte Corvo y San Germano, pero el Gran Capitán había previsto ese movimiento situando tropas entre Aquino y Ponte Corvo. El objetivo era encerrar a los franceses entre el río y las plazas dominadas por los españoles –Roca Seca, Montecasino y San Germano-.

El general francés vio a lo que se exponía y decidió cruzar de nuevo el río hacia la orilla inicial.
No estuvieron mucho tiempo a la expectativa. Los franceses intentaron otra maniobra y pusieron bajo sitio la fortaleza de Roca Guillermina. Al mismo tiempo ordenó a algunas compañías que tendieran un puente al abrigo de Roca Andria –una fortificación en la orilla izquierda entre San Germano y la desembocadura del Garellano-. Fernando de Córdoba sabía el peligro que entrañaba esta nueva maniobra y decidió lanzar un golpe duro a la línea de flotación de la estrategia: un asalto sorpresa a Roca Andria. Se envío a García de Paredes al frente de una columna de infantería. La tropa cruzó el río y sometió el fuerte al asalto en un solo día.

Sin cobertura segura los franceses no pudieron desplegar el puente y cejaron en su empeño, levantando el sitio de Roca Guillermina. Pero el marqués de Mantua no había tenido suficiente y decidió cruzar el río una última vez. Lo haría por el Puente de Sessa. Los españoles, previendo este movimiento, lo destruyeron. El plan francés era moverse hacia la desembocadura, tender un puente en el lugar donde se alzó el original, cruzar el río y caer sobre el campamento principal de los españoles en San Germano apoyados por su potente artillería que bombardearía a los hispánicos desde la orilla izquierda del Garellano.

El 6 de noviembre comenzaron las maniobras francesas, tendieron el puente y cruzaron el río sorprendiendo a la guarnición capitaneada por Pedro de Paz. Aún así, los españoles no se amilanaron. Éstos 800 hombres presentaron una gran resistencia que permitió ganar el tiempo suficiente para que llegasen en socorro las tropas de Pedro Navarro y en segunda instancia las del Gran Capitán con él mismo al frente. Aún así los franceses habían logrado tender el puente, bien cubiertos por el fuego de su artillería, pero al no lograr someter a la guarnición permitieron la llegada de refuerzos.

Esto obligó al marqués de Mantua a entablar un combate cuerpo a cuerpo sin poder gozar de su superioridad de fuego artillero. Una gran desventaja teniendo en cuenta la pericia que los soldados españoles demostraban en distancias cortas. La batalla que siguió fue sangrienta y encarnizada. Todos los mandos españoles se sumaron a la refriega luchando al lado de sus hombres insuflando moral. Los franceses eran más pero la infantería española estaba demostrando que ya no tenía rival. Además la sincronización entre los mandos y los soldados era perfecta. Los franceses odiaban a sus oficiales.

Al final la formación de infantes capitaneada por García de Paredes rompió las líneas francesas, desbarató la cabeza de puente y obligó a los franceses a volver por donde habían venido. Fue un duro revés. Los franceses perdieron varios miles de soldados pasados por las armas españolas y otros muchos se ahogaron al intentar cruzar el río, a nado o como pudieron, cuando cundió el pánico ante el empuje español. La victoria fue contundente pero no definitiva. Los franceses habían sufrido pérdidas pero la gran hueste con la que contaban permitía asumirlas fácilmente. Así que el marqués de Mantua siguió acampado en la otra orilla meditando como vencer los que había catalogado como “aquella canalla”.

Ivo de Alegre respondió al marqués en referencia a aquellas palabras que profirió tiempo atrás “Estos son los españoles que nos desbarataron en Seminara; considerad ahora lo que es esa canalla de que hablabais”. El general francés no era querido por su tropa y las derrotas que cosechó hicieron que perdiese el poco prestigio que tenía entre la soldadesca. Sus oficiales le criticaron abiertamente y debido a las presiones debió ceder el mando a otro italiano, el marqués de Saluzzo.

La derrota definitiva

Se avecinaron fuertes tormentas tras la batalla y los campamentos de ambos ejércitos, sobre todo el español, se resintieron. Los soldados no cobraban su paga y esto provocó un clima de amotinamiento entre la tropa. El Gran Capitán convenció a sus hombres de no ir a Capua a pasar el invierno y mantener su posición instándoles a realizar un ataque final. Debido a las turbulencias, Fernando de Córdoba no podía arriesgarse a perder todo lo que había logrado. Era el momento de asestar un golpe definitivo antes que el estado de ánimo de la tropa se malograse más y estallara una revuelta.

Por aquel entonces el embajador español, en comunicación y de acuerdo con el Gran Capitán, logró atraerse a los Ursinos al partido español, de modo que el jefe de esta poderosa familia italiana, Bartolomé Albiano, se presentó en el campamento español con un refuerzo de 3.000 soldados. Fue entonces cuando el Gran Capitán creyó llegado el momento de atacar a los franceses cruzando el río simultáneamente por dos sitios para cogerles en medio.

La clave del plan era construir un puente unas cuantas millas río arriba del lugar por donde los franceses habían intentado cruzar el río por última vez.  Se hizo por la noche en la víspera de la batalla y durante la mañana del 28 de noviembre las tropas del Gran Capitán se pusieron en marcha. Bartolomé Albiano iba en vanguardia con la caballería ligera. Pedro Navarro iba a continuación con el cuerpo de infantería española, donde marchaban García de Paredes, Zamudio, Pizarro y Villalba. Le seguía Próspero Colonna con los hombres de Armas. Cerraba la marcha el Gran Capitán con el resto del ejército. Las tropas de Albiano y Pedro Navarro sorprendieron un destacamento normando y de caballería francesa en Suio y lo arrollaron a su paso.

El marqués de Saluzzo, teniendo en cuenta el mal tiempo, decidió retirarse a Gaeta a pasar el invierno y para ello ordenó embarcar la artillería y transportarla por el Garellano hasta la plaza. En esos momentos llegaron los supervivientes de Suio que le informaron de la llegada del ejército de la monarquía hispánica. El general francés ordenó retirada inmediata. La avanzadilla española, vencedora de Suio, encontró el campamento vacío.

Fernando de Córdoba dio orden a la caballería ligera de Próspero Colonna de avanzar para alcanzar a los franceses. Lo lograron mientras cruzaban por un puente cercano a Gaeta obligando al marqués de Saluzzo a presentar batalla para evitar que la tropa fuese aplastada. Esta maniobra de hostigamiento permitió la llegada del grueso de las fuerzas españolas. La infantería de Pedro de Navarro y de García de Paredes obligó a los franceses a refugiarse en Mola.

El Gran Capitán los tenía donde quería. Colocó a las unidades de infantería que habían atacado a los franceses detrás de la Mola para cortarles la retirada. Las tropas se desplazaron hacia su objetivo rápidamente a marchas forzadas por caminos de montaña. Cuando los franceses salieron de la plaza, el grueso español los trabó mientras las fuerzas de Pedro Navarro y García de Paredes atacaban de flanco y por la retaguardia. En poco tiempo rompieron las líneas y los franceses se desbandaron. La caballería ligera se lanzó en persecución.

La victoria fue rápida, aplastante y definitiva. El ejército de Luis XII tuvo 4000 muertos y un número similar de heridos. El avance español fue imparable, tanto que se capturaron todas las piezas de artillería francesa, todas las banderas y un gran botín. La derrota francesa fue estrepitosa y obligó a Luis XII realizar la capitulación de Gaeta y a desistir de sus intereses napolitanos.

23:59 Gonzalo de Córdoba demostró definitivamente su valía como militar, probablemente el mejor de su época. Destacaba en todos los aspectos que podía tener un oficial. Dominaba la táctica y la estrategia. Fue un innovador. Sabía sacar el máximo provecho a los recursos de los que disponía. Era capaz de improvisar y emplear con eficacia el factor sorpresa. Además sus soldados lo adoraban. Hubiesen hecho lo que su Capitán les pidiera. Creían en él porque él les demostró que podían hacerlo.

viernes, 2 de diciembre de 2011

Gonzalo Fernández de Córdoba, El Gran Capitán


El Gran Capitán
Es uno de los militares más laureados de la historia universal tanto por sus victorias como por las variantes tácticas que introdujo en los campos de batalla europeos del Renacimiento. Por estos méritos se granjeó el apodo de El Gran Capitán. 

Gonzalo Fernández de Córdoba fue miembro de la nobleza andaluza, concretamente de la Casa de Aguilar. Sus padres eran el caballero don Pedro Fernández de Córdoba, quinto Señor de Aguilar de la Frontera, y doña Elvira de Herrera y Enríquez, biznieta del Infante don Fadrique Alfonso de Castilla, pariente lejano de Fernando el Católico. A los 12 años entró al servicio del Infante Alfonso como paje iniciando su carrera militar a las órdenes del rey Enrique IV de Castilla.

Fue en la Guerra Civil Castellana donde hizo sus primeras armas ganando fama y prestigio por su arrojo en los combates a favor de la futura reina Isabel la Católica que, recién casada con Fernando de Aragón, defendió sus derechos a la corona frente a Juana la Beltraneja. Gonzalo se había ganado las antipatías de los partidarios de la Beltraneja y había sido encarcelado. Isabel lo liberó y desde entonces permaneció fiel a la reina pasando a formar parte de la Corte. Contrajo matrimonio con Isabel de Montemayor, su prima, pero está murió muy joven y Gonzalo se refugio por entero en su carrera militar.


Destacó como soldado y oficial pero también en otras facetas. Era un avanzado a su tiempo. Su táctica y sus estrategias eran brillantes pero también amasaba grandes dotes diplomáticas que le hacían ser muy querido entre la tropa. Precisamente por estas aptitudes ejerció como espía y a menudo se le encomendaron misiones en las que las artes de la negociación fueron fundamentales.
En la Guerra de Granada  mandó una capitanía – unidad táctica y administrativa de los ejércitos castellanos a finales del siglo XV y que sería el embrión de los futuros Tercios- de 100 lanzas de la Guardia Real. Fue de los más destacados en la toma de la ciudad de la Loja. Los Reyes Católicos lo nombraron Alcalde de esta plaza y sería la ciudad que le vio morir. Gonzalo volvió a brillar en el sitio de Tajara rindiendo la plaza al asalto. Tras la conquista de Illora, que rindió sin derramar una gota de sangre, se ganó su fama de gran militar; o mejor, de Gran Capitán.


La rendición de Granada
Durante estos años fraguó una gran amistad con el enemigo de los Reyes Católicos, el monarca nazarí Boabdil. Quizá por esto se le encomendaron las negociaciones para rendir la plaza. Lo logró y fue recompensado con una encomienda de la Orden de santiago, recibió el señorío de Orjiva  y algunas rentas sobre la producción de la seda granadina. Amasó una gran fortuna y pasó, de noble segundón, a ser uno de los más importantes notables de la Monarquía Hispánica (la boda entre Isabel y Fernando fraguó la Unión Dinástica  de las coronas de Aragón y Castilla).


Cuando las tropas francesas invadieron Italia, la reina Isabel les escogió para dirigir un cuerpo expedicionario que el rey Fernando envió para librar a Nápoles de los franceses. Don Gonzalo zarpó a Italia en 1495. Allí sería donde su leyenda cobró dimensiones épicas.


23:59 Otro de los grandes personajes de nuestra historia sobre el que algo estamos obligados a saber. Le dedicaré una serie de posts siendo éste, una pequeña introducción. En el siguiente trataré a fondo su actuación en la primera guerra de Italia. No va a tener desperdicio. La historia de este personaje es muy interesante espero que disfrutéis leyéndola tanto como yo buscando información y redactando las hazañas de éste legendario militar.

jueves, 24 de noviembre de 2011

Blas de Lezo, in memoriam


Con este último post, le pongo fin a la trilogía sobre Blas de Lezo. Estos días he aprendido muchas cosas buscando información sobre este personaje. Estoy tan satisfecho de haber publicado esto que no descarto dedicar artículos parecidos a otros grandes nombres de nuestra historia. Sin más dilación os dejo con el artículo; éste, mas breve que el anterior.

La F(103) Blas de Lezo de la Armada Española
La batalla de Cartagena de Indias puso fin a la Guerra del Asiento –o de la Oreja de Jenkins- y aseguró el dominio marítimo de España durante 60 años más.  El Caribe y el Atlántico volvieron a ser, prácticamente, un lago español hasta la derrota en la Batalla de Trafalgar. Por desgracia, los dirigentes, consejeros, políticos y demás no supieron sacar  rédito a aquella victoria. Dejaron las cosas como estaban y permitieron que el ocaso español continuase eso sí, más lentamente.

El virrey de Nueva Granada, Sebastián Eslava, retomó las desavenencias con Lezo y escribió varias veces al Rey pidiendo castigo para su persona, cosa que al final logró hundiéndole social y económicamente. El odio hacia el marino vasco venía por disputas en la estrategia defensiva. Eslava esperaba el apoyo de Torres y su flota de la Habana que atacarían por detrás a Vernon. Ésta nunca llegó. Lezo proponía una defensa, sin esperanza de refuerzos, y encarada a desgastar a los británicos.

Esto provocó disputas entre el Virrey y Blas de Lezo. Eslava destituyó a Lezo pero hubo de devolverle el mando y reconocer sus errores. Los triunfos y victorias de Blas de Lezo le eclipsaron y creció en él la envidia. Lezo intentó conservar el prestigio ganado tras 40 años de servicio a Felipe V. Escribió a sus amigos de la península para que intercedieran en su favor; para ello remitió el diario de lo sucedido en Cartagena. Pero el Rey, muy influenciado por los informes de Eslava, ignoró sus alegatos.

Maqueta de la batalla de Cartagena de Indias de la Escuela de Ingenieros y Transmisiones (Hoyo de Manzanares)
Lezo estaba muy enfermo, las heridas y las enfermedades transmitidas tras la matanza ocurrida semanas antes agravaron la situación. El 7 de septiembre de 1741 murió en Cartagena de Indias sin recibir sepultura conocida. Se sospecha que fue arrojado a una fosa común debido a las penalidades por las que pasaba su familia. El brillante marino murió sólo. Nadie excepto su familia se atrevía a mostrar cercanía por miedo a las represalias. Con su honra y nombres manchados por las mentiras de Eslava terminaba así la carrera de uno de los militares más ilustres de las armas españolas.

Años más tarde, no obstante, se rehabilitó su figura y se le concedió, a título póstumo, el marquesado de Ovieco. La Armada Española siempre le ha rendido homenaje, siendo costumbre que siempre haya en activo un buque con su nombre. El último es una fragata de la clase Álvaro de Bazán: la Blas de Lezo (F103).

La Armada de Colombia, también tuvo un buque con el nombre del almirante, el ARC Blas de Lezo (BT-62), un petrolero de clase Mettawee, ex USS Kalamazoo (AOG-30) adquirido por la Armada de los EE.UU. en 1947 y dado de baja en 1965. En Colombia, sobre todo en Cartagena, Lezo es un héroe y se le reconocen todos los honores.

Placa conmemorativa en San Fernando (Cádiz)
Existe también una placa en su honor en el Panteón de Marinos Ilustres en San Fernando (Cádiz) donde reposan héroes de la Real Armada Española. También existe una maqueta de la batalla de Cartagena de Indias en la Academia de Ingenieros de Hoyo de Manzanares (Madrid).

Sin embargo, aunque las proezas de Blas de Lezo estén a la altura de los más grandes héroes de la historia, es un personaje prácticamente olvidado. Sólo un documental de DL-Multimedia para los canales historia y Odisea. En cualquier otra nación hubiese sido objeto de varias producciones cinematográficas y homenajes diversos. Aunque esta situación se reconduce lentamente. Cuenta con calles en Valencia, Málaga, Fuengirola, Alicante, Las Palmas, Huelva, San Sebastián, Pasajes y finalmente, tras una recogida de firmas, el 28 de abril de 2010 se aprobó dedicarle una avenida en Madrid.

Lezo es un reconocido héroe en la ciudad de Cartagena de Indias, allí se le rinden grandes honores y reconocimientos. Su estatua frente al baluarte de San Felipe de Barajas es otra muestra del respeto y admiración a este gran personaje.

Estatua a los pies del San Felipe de Barajas en Cartagena de Indias (Colombia)
23: 59 Desde el pasado día 5 de noviembre de 2009, en la ciudad de Cartagena de indias, se ha cumplido el deseo del valiente Lezo, ya que éste pedía en su testamento que un grupo de españoles pusiera una placa para no olvidar aquella victoria. En ella hoy se puede leer: “Aquí España venció a Inglaterra y sus colonias”. “Con sólo 3000 hombres  y su ingenio, Lezo derrotó a 25000 ingleses y 4000 soldados traídos de virginia por el medio hermano de George Washington”.


miércoles, 23 de noviembre de 2011

Cartagena de Indias, la tumba británica


Combate en Bocachica
Continúo con los hechos de Blas de Lezo en este segundo post. En primer lugar, quiero pedir paciencia por la extensión. Pero me ha sido imposible sintetizarlo más. He intentado lincar algunos temas pero aún así, es necesario dar una serie de explicaciones sobre algunos hechos y procesos históricos que son importantes para entender como se llegó a una de las batallas más importantes de la historia.

Es vital, por tanto, dar unas pinceladas sobre la Guerra del Asiento –o Guerra de la Oreja de Jenkins- y también plasmar una serie de fuentes que indican el terrible resultado que esta tuvo para los ingleses.  Dejamos a Blas de Lezo de camino a América escoltando la última Carrera de Indias.

Los británicos, que se dedicaban al contrabando, no aceptaban que se les registrara en los puertos españoles ni por sus guardacostas –pues éstos confiscaban sus mercancías-. Felipe V había concedido a los ingleses el derecho de comerciar una vez al año con las colonias españolas. Por esta concesión podían intercambiar o vender 500 toneladas de mercancía. Pero éstos, viendo el gran negocio, recargaban sus buques con pequeños botes al anochecer o ejercían el contrabando.

En la Convención del Pardo (14 de enero de 1739) se había convenido pagar a los británicos por los daños ocasionados en operaciones de registro a los contrabandistas 95000 libras esterlinas. Felipe V no lo pago y consideró menos costoso arriesgarse a una guerra con Inglaterra.

Fue un conflicto ocasionado por rencillas comerciales pero los ingleses necesitaban un pretexto para declarar la guerra. Juan León Fandiño, capitán de un guardacostas español, apresó al buque Rebecca al mando de Robert Jenkins, un contrabandista. El español le hizo cortar una oreja y lo envío con ella en una caja de vuelta a Londres con el siguiente mensaje: “Dile a tu rey que lo mismo le haré si a lo mismo se atreve”. El revuelo fue tal que inmediatamente se le declaró la guerra a España. Por eso se conoce este conflicto como Guerra de la Oreja de Jenkins.

El almirante Vernon
El 25 de agosto de 1739, Edward Vernon captura Portobelo.  Debido a la negligencia del gobernador, la ciudad estaba mal defendida y fue presa fácil de los ingleses, que con sólo 6 navíos y 200 hombres sometieron a la guarnición y tomaron las piezas de artillería. Esto fue interpretado por lo ingleses como un síntoma de debilidad de España. Vernon fue tildado de héroe y se le dio el mando de la mayor escuadra vista hasta el momento para acabar de una vez por todas con el Imperio Español.

El plan era debilitar a España tomando Cartagena de Indias y convertir el Caribe en un mar inglés en la mesa de negociaciones. En esta ciudad (que pertenecía al virreinato de Nueva Granda, actual Colombia) confluían todas las riquezas de las colonias españolas y por ello era la llave para asfixiar a la corona hispánica y desmembrar su imperio.

A pesar de las magníficas fortificaciones, (pongo mapa de la batalla) Blas de Lezo encontró las defensas de la ciudad en un estado calamitoso. Contaba con poca y mala artillería, casi sin municiones y una existencia de pólvora que apenas llegaba a 3300 libras. Desde su llegada su único propósito fue el abastecimiento de la plaza y la fortificación de la bahía. Para ello ordenó cegar completamente el canal de Bocagrande creando una escollera –un dique que se hace echando piedras al mar-.

De esta forma se aseguró que cualquier ataque por mar tuviera que pasar por los fuertes de Bocachica. Cómo podéis ver en el mapa, Bocachica es una entrada a la bahía mucho más angosta y fácil de defender con fuerzas inferiores en número. Reforzó las guarniciones de los fuertes que protegían  el acceso (San Luis y San José), tendió entre las mismas dos cadenas para impedir el acceso a la bahía y colocó sus barcos para apoyarlos. Sus buques así dispuestos sólo podían disparar con los cañones de un lado. Lezo mandó retirar el resto de piezas de artillería y reforzar con ellas las defensas. También armó las baterías de Tierra Bomba en el islote que separaba Bocachica y Bocagrande.

Plano general de la batalla. Para que podáis identificar las fotalezas y movimientos

Edward Vernon conocía bien a Lezo y lo calificaba como su gran rival. Además estaba herido en su orgullo, pues el marino vasco se había burlado de la toma de Portobelo: “Si hubiera estado yo en Portobelo, no hubiera usted insultado las plazas del Rey mi Señor, porque el ánimo que faltó a los de la ciudad me hubiera sobrado a mí para contener su cobardía”.

La victoria en Portobelo y la gran fuerza militar que dirigía le hacían estar muy confiado. A pesar de que las únicas informaciones que tenían de las defensas se remontaban a los informes de Pointis, que logró capturar la ciudad en 1697. Mientras tanto, los españoles tenían una red de espionaje muy superior. Gracias a un espía español en Jamaica apodado “el Paisano” se conocían todos los detalles de las fuerzas aprontadas para la toma de Cartagena y gran parte de los planes de Vernon.

El almirante inglés se presentó ante la ciudad con el propósito de recabar información y amedrentar a los defensores en dos ocasiones.  En ambas fueron repelidos. Primero por parte de los cañones de los buques, con mayor alcance que los de los fuertes, que Lezo había reubicado en la selva próxima. Y posteriormente por un hábil movimiento naval en el que el vasco, con sus seis navíos, logró rodear a 13 buques ingleses.

Desde Inglaterra se le apremió a atacar pues consideraban que estaba desperdiciando muchos recursos y tiempo para tan poca recompensa. El 13 de marzo los ingleses aparecieron por Punta Canoa con la segunda mayor flota de la historia (sólo superada por la desplegada en Normandía en 1944). Ésta era mucho mayor que la famosa Invencible de Felipe II (126 navíos). Contaba con 8 grandes navíos de tres palos, 28 de línea, 12 fragatas de combate, 130 transportes, 4 brulotes, algunas bombardas, 9000 soldados de desembarco, 2000 macheteros de Jamaica, 15000 marinos y 4000 colonos norteamericanos de Virginia encabezados por Lawrence Washington (hermanastro del famoso George). 30000 combatientes, 200 buques y 3500 cañones para doblegar “el orgullo español”.

Lezo contaba para la defensa con una fuerza diez veces menor en hombres y muchas veces más en buques. 6 barcos, unos 1000 cañones, 1100 soldados veteranos, 400 bisoños, 600 marinos, 300 milicianos y 600 indios armados con flechas.

La batalla de Cartagena de Indias

El 17 de marzo comienza el cañoneo contra los fuertes y baterías de Bocachica. El bombardeo era constante con 62 disparos a lo hora y ocho barcos atacando relevándose de 4 en 4. Pero no se enfrentaban a un aficionado. Lezo apoyó con sus barcos a la artillería e ideo unas balas encadenadas que destrozaban todo el aparejo de los barcos dejándolos inservibles. Sólo en la batalla del día 20 los cañonazos españoles destruyeron cinco navíos de guerra, dos de ellos de 3 puentes.

Los daños ocasionados en los muros por los ingleses fueron mínimos, pues el Medio Hombre había reforzado los merlones (parte más débil de la muralla por donde asoman los cañones) con sacos de tierra apilados. De esta manera al impactar una bala de cañón no saltaban esas esquirlas que causaban estragos entre los defensores y absorbía el golpe del impacto. La artillería de Tierra Bomba hacía estragos y los ingleses intentaron silenciarla. Lo consiguieron con graves pérdidas de hombres y 3 buques de 80 cañones fuera de combate (Norfolk, Russell y Shrewbury).


Los ingleses logran así desembarcar tropas y artillería. Pero eran castigados continuamente por el fuego del fuerte San Luis. El 5 de abril los británicos lanzaron un asalto combinado por tierra y mar contra el fuerte de San Luis. Fue tomado al asalto y los españoles debieron replegarse a la ciudad. Tres barcos españoles fueron destruidos y el Galicia, buque insignia de Lezo, capturado. Los ingleses lograron atravesar el primer anillo defensivo pagando un alto precio en buques y más de 1500 muertos.

Blas de Lezo
Vernon seguro de su victoria mandó la fragata Spence, con dos oficiales capturados y la insignia de Lezo, a Londres informando de la toma de Cartagena. En la City se dispararon salvas y fuegos artificiales y se imprimieron monedas en las que aparecía Lezo arrodillado entregando las llaves de la ciudad a Vernon. Alrededor rezaba el siguiente lema: “El orgullo español humillado por Vernon”. Muy caro pagarían los británicos esta arrogancia.

La flota inglesa penetró en la bahía interior y desembarco el grueso de sus fuerzas. Las desavenencias entre el virrey Eslava y Lezo provocaron la caída del cerro de La Popa. Sólo el castillo de San Felipe de Barajas impedía a los británicos tomar la ciudad. Debería ser tomado al asalto para instalar la artillería y poder bombardear la plaza. Ambos contendientes se preparaban para el asalto final.

Ante el inminente ataque, Lezo preparó varias estratagemas para minimizar los daños y desgastar a los asaltantes. En primer lugar desbrozó los alrededores de San Felipe para evitar dar cobertura al enemigo, también había bajado dos metros el nivel del suelo que rodeaba las murallas (luego veremos por qué). También envío dos falsos desertores con información falsa.

Lezo había preparado una trinchera en la que puso a 650 veteranos. Dejo otros 300 en el castillo con 200 marinos como reserva. Los ingleses asaltarían simultáneamente la fortaleza por los cuatro costados. Avanzarían por el Sur aunque el grueso de la tropa se centraría en el lado Este, el más empinado pero con deficiencias en la fortificación según la información errónea de los dos supuestos desertores.

Del lado oeste se encargarían los colonos norteamericanos mientras que en el norte se haría una maniobra de distracción. Vernon no quiso dar apoyo naval al asalto, puesto que debía internarse en un estrecho canal en el que la superioridad del San Felipe de Barajas era evidente. También exigió rendir el fuerte del Manzanillo y el de Pastelillo.

En la madrugada del 20 de abril de 1741 comenzó el asalto final al castillo de San Felipe de Barajas. Las tropas inglesas que avanzaban por el Este fueron engañadas y se vieron de pronto bajo el fuego del castillo sin tener otra opción que intentar un asalto desesperado. Pero al llegar a las murallas se encontraron con una desagradable sorpresa: las escalas quedaban cortas dos metros, los mismos que Lezo había rebajado el suelo que rodeaba la fortificación.

Al Oeste, las tropas norteamericanas tenían el mismo problema. Se produjo una auténtica carnicería. Según el testimonio de un combatiente: “...rechazados al fusil por más de una hora y después de salido el Sol en un fuego continuo y biendo los enemigos la ninguna esperanza de su intento (...) se pusieron en bergonzosa fuga al berse fatigados de los nuestros los que cansados de escopetearles se abanzaron a bayoneta calada siguiéndolos hasta quasi su campo...”.

Mientras los fuertes del Manzanillo y el Pastelillo resistían firmemente. Los británicos intentaron el asalto pero fueron repelidos por balas de metralla que sólo en la primera salva acabaron con la vida de 200 combatientes. Las enfermedades tropicales comenzaron a hacer mella. Los soldados morían sin que les tocase una sola bala y las tropas se desmoralizaron. Sin embargo la batalla aún continuaba.

Blas de Lezo había conseguido que el lado Sur, defendido por la trinchera y la propia fortificación, sufriera el ataque más débil y sin embargo era la única opción efectiva de ataque contra el verdadero objetivo que otorgaría la victoria. La artillería britànica de La Popa se veía obligada a repartir el fuego contra las posiciones atrincheradas, impidiendo así el ablandamiento del castillo. Las tropas británicas del lado Sur avanzaban hacía el castillo sin saber que al mismo tiempo en los otros frentes sus compatriotas estaban siendo masacrados bajo un fuego espantoso, y ahora el destino de la contienda estaba sobre ellos.

Los británicos concentraron sus fuerzas en esta vía. El fuego de fusilería era intenso y los soldados ingleses no conseguían progresar con facilidad, pasaban las horas y las fuerzas de ambos bandos se iban concentrando en el mismo flanco, sin embargo los ingleses estaban sufriendo un gran desgaste subiendo la ladera bajo el sol tropical y el fuego español. Pero la proporción era de cuatro a uno. Tras horas de combate los atacantes habían conseguido sobrepasar la trinchera por algunos puntos. Y en este momento, Lezo dio su último golpe.

La reserva recibió la orden de salir a la carga. 500 españoles frescos salieron del San Felipe en el momento crítico de la batalla. Los británicos no pudieron hacer frente el ímpetu del asalto y se retiraron cuesta abajo. Los refuerzos que subían la pendiente se contagiaron del miedo y huyeron también. Los defensores los persiguieron hasta La Popa haciendo una gran matanza y capturando toda la artillería britànica.
Lezo había planteado una defensa tenaz con el objetivo de castigar al enemigo para llegar a un combate final con posibilidades reales. Se trataba de provocar bajas y ganar tiempo. Las enfermedades tropicales llegaron de refuerzo a las 6 semanas haciendo estragos entre los hombres noreuropeos poco habituados a aquel clima.

El 30 de abril se produjo un cambio de prisioneros y varios españoles relataron las penurias que sufrían los británicos. En especial una de vital importancia. 50 ingleses habían sido fusilados ante la negativa de un nuevo asalto. La tropa no secundaba a los oficiales y su psicología estaba deshecha. La victoria era completa. Blas de Lezo logró desgastar al enemigo y obligarlo a realizar un asalto en el que no pudiera ejercer plenamente su superioridad numérica.

Ante esta situación, Vernon puso a disparar el buque Galicia pero el cañoneo de las defensas mato a los tripulantes y lo incendió. El barco era ingobernable y el aire lo llevó al grueso de la Armada británica. Muchos buques se incendiaron y explotaron. El 8 de mayo Vernon inició la retirada. Se vio obligado a incendiar 5 buques más por falta de tripulación (signo ilustrativo de las pérdidas humanas)  y se retiró a Jamaica. Cargados de hombres moribundos sus barcos parecían hospitales. Los historiadores ingleses ocultaron vergonzosamente lo ocurrido en Cartagena de Indias por orden de Jorge II.

Existen cifras que muestran el resultado de tan abultada derrota pero quizá estén redondeadas a la baja. Los testimonios y documentos de la época hablan de que “cada barco y soldado español hizo frente y derrotó a 10 ingleses”. El resultado es tan increíble que el propio Lezo, pecando de humildad, atribuía la victoria a “las misericordias de Dios”. El caso es que las bajas fueron muy graves. “En términos relativos, los atacantes habían perdido un 15 % de su fuerza y los defensores un 20 %, pero pese a esta relativa ventaja local el efecto era mucho peor para el visitante”.

Pero como decía, existen informaciones más dramáticas y creíbles porque provienen de los propios ingleses que combatieron en Cartagena. El informe de John Pembroke relataba lo siguiente: “Por la cuenta honesta tuvimos 18000 hombres muertos, y según un soldado español que capturamos, ellos perdieron a lo sumo 200. El almirante Una Pierna, con su excelente mando y fuego mató a 9000 de nuestros hombres, la fiebre general mató un número parecido. Cuando eché la última mirada al puerto de Cartagena, su superficie era gris con los cuerpos putrefactos de nuestros hombres, que murieron tan rápidamente que nosotros no podíamos enterrarlos. De los agricultores pobres y débiles de nuestras colonias norteamericanas murieron cuatro hombres de cada cinco”.

Esta colosal derrota de los ingleses aseguró el dominio español de los mares durante más de medio siglo hasta que lo perdió en Trafalgar. Humillados por la derrota, los ingleses ocultaron monedas y medallas grabadas con anterioridad para celebrar la victoria que nunca llegó y el rey Jorge II prohibió a los historiadores y cronistas hablar de este episodio. Tan convencidos estaban de la derrota de Cartagena que pusieron medallas en circulación que decían en su anverso: “Los héroes británicos tomaron Cartagena el 1 de abril de 1741” y “El orgullo español humillado por Vernon”.

23:59 El almirante Vernon se alejó de la bahía con su armada destrozada gritando: “God damn you, Lezo! I will return!” (“¡Qué Dios te maldiga Lezo! Volveré!). En respuesta, Blas de Lezo pronunció una inmortal frase:

“Para venir a Cartagena es necesario que el rey de Inglaterra construya otra escuadra mayor, porque ésta sólo le va a servir para transportar carbón de Irlanda a Londres, lo cual le hubiera sido mejor que emprender una conquista que no puede conseguir”.
El post es largo, lo reconozco y no será lo habitual. El siguiente será mucho más corto y trataré sobre el fin de Blas de Lezo, su olvido, las consecuencias de esta victoria y la recuperación reciente de su memoria.